03 marzo 2009

Hoy a las 22.30hs en el Cine Club Rosario

La rica y larga tradición del cine social británico parece haber encontrado en Shane Meadows uno de sus últimos eslabones. Luego del reconocimiento de público y crítica que obtuvo con su film anterior "This is England", Meadows firma “Somers Town”, donde nuevamente pone el ojo en la cara oculta de un país antaño poderoso y rico, pero inmerso desde hace décadas en una larga decadencia que repercute en las capas de la población más desfavorecidas. Unas capas normalmente compuestas en su mayoría por trabajadores afectados por las sucesivas crisis y ajustes económicos, a los que, en los últimos tiempos, han venido a sumárseles los grandes contingentes de trabajadores extranjeros al calor del boom económico recién finalizado (que han irrumpido, también, en las últimas películas de Ken Loach, el pope por excelencia del cine social británico).
Sin embargo, Shane Meadows, a pesar de beber conscientemente de esa fuente, no deja de ser también un hijo de su tiempo. Y así, no debería extrañarnos que en “Somers Town” no aparezca la visión ideologizada, la mirilla política, sino una búsqueda de la emoción que surge natural en la interacción entre los dos protagonistas de la película: el adolescente de Nottingham Tomo (Thomas Turgoose, protagonista del film anterior de Meadows), que ha escapado de su casa y deambula por Londres; y el polaco Marek (Piotr Jagiello), hijo de un inmigrante polaco que trabaja en las obras de construcción de la nueva estación de San Pancras, a la que llegará el Eurostar (el tren que une Londres y París a través del canal de la Mancha). Ambos son mucho más que arquetipos utilizados para exponer una tesis (algo habitual, por cierto, en el cine de Loach), sino personajes con entidad propia, en una situación triste y solitaria que, sin embargo, no parece necesariamente llamada a la tragedia.

Shane Meadows escoge el blanco y negro y un metraje ajustado de poco más de setenta minutos para contarnos su historia, y así consigue una atemporalidad que podría hacer que su narración transcurriese casi en cualquier década. Porque, en el fondo, los protagonistas de “Somers Town” son atemporales, y podrían haber encontrado su hueco (hay cosas que no cambian) casi en cualquier momento del último medio siglo. En último término, sólo cambian los acentos: el casi incomprensible de un jovenzuelo de Nottingham, el polaco de Marek y el francés de María. Y cuando confluyen los tres, especialmente en el maravilloso y onírico pasaje final, la cinta consigue alcanzar una emoción potente por verdadera, sin recurrir a trampas argumentales ni triquiñuelas con el espectador. Da pena despedirse, cuando las luces se encienden, de unos personajes como ellos, que incluso han sido capaces de hacernos reír con sus travesuras de niños obligados prematuramente a madurar. Tal es el poder del realizador para convertir nuevos materiales que, en manos de otros, corrían el riesgo de transformarse en meros recortables sin ninguna entidad.

Por Miguel A. Delgado, La Butaca.net, 03/12/08

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