
Los films de WKW hablan de amor. No del amor de las películas de Meg Ryan donde siempre hay finales felices, los de este director hablan de ese desgarro casi eclíptico que aparece ante el despecho, de ese amor que no se puede tocar y de esas palabras que tanto anhelamos y no podemos decir. Nos habla de ese amor, ese que vivimos día a día, el que es de verdad, el que a veces no tiene un final feliz, y no, por culpa de terceros, sino por la nuestra.
Y ese amor nos lo muestra de diversas formas, pero de una manera tan (anti) natural que nos hace sentir un deja vu, como si al mirar la pantalla en donde se ruedan sus películas, recreáramos pequeños trozos de nuestra biografía amorosa al compás de música clásica, cumbia y ritmos sudamericanos.
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