22 septiembre 2011

APUNTES DE ARQUTECTURA Nº 35 Claudio Caveri y “Casas Blancas”

Hoy vamos a hablar de un arquitecto difícil de encasillar, que eludió siempre las categorías establecidas para construir una obra personal, por fuera de los cánones de la disciplina, un arquitecto que trabaja en los márgenes. Esta inclinación lo llevó a organizar, en 1958, la Comunidad Tierra, de orientación cristiana, progresista y utópica, en el partido bonaerense de Moreno, dándole la espalda a su origen de clase media, de padres inmigrantes, e imponiéndose un exilio interno en la periferia rural más olvidada de la gran metrópolis. Allí trabaja como albañil y como carpintero. Más tarde funda una escuela técnica para la comunidad y ejerce su rectorado hasta entrados los 80. A fines de esa década trabaja en el Programa Olmos, que se ocupó de proyectar y construir con un grupo de presos una cárcel para recuperación de jóvenes.


Nos referimos a Claudio Caveri, que nace en 1923 en Buenos Aires y estudia en la UBA, recibiéndose en 1950. Acepta un cargo docente en 1955, pero renuncia al año siguiente por desacuerdos con la conducción de la universidad. Paralelamente a su carrera universitaria, estudia con arte con Jorge Romero Brest y con Damián Bayón. Eso explica en parte las dos vertientes que parecen animar gran parte de su pensamiento: Romero sería uno de los gestores del Instituto Di Tella y Bayón era un experto en arte y arquitectura colonial latinoamericana. Por otro lado, es inevitable reconocer como influencia la visita en 1951 del historiador italiano Bruno Zevi, que trajo la noción de arquitectura orgánica y la figura de Wrigth como continuador de la tradición romántica del siglo XIX y como contraparte del pensamiento racionalista europeo.
Caveri también es un gran lector y su erudición se volcó en los numerosos libros que viene publicando desde 1965 y que constituyen una obra en sí misma. Éstos resumen gran parte de su particular pensamiento y justifican su obra, asumiéndose desde una situación periférica. Su preocupación parece ser encontrar un sentido a la arquitectura latinoamericana desde el mestizaje de su propia lógica, pero sin eludir la pesada carga del pasado europeo.
Pero vamos a hablar también de su arquitectura: a mediados de los 50, junto con Eduardo Ellis, proyectan y construyen en Martínez, al norte de Buenos Aires, la iglesia de N. S. de Fátima, que reconoce variadas influencias y se materializa en una planta centralizada producto de la nueva liturgia propuesta por concilio Vaticano II. Este templo, en el que podemos encontrar elementos y características propias de las capillas jesuíticas del siglo XVII y XVIII, estrategias proyectuales de indudable sesgo moderno y referencias al Le Corbusier brutalista, a Louis Kahn y al primer Mies, está sabiamente articulado con el entorno urbano mediante un generoso atrio concretado con terrazas y escaleras, que hacen las veces de sitios de reunión. Su rica espacialidad soslaya la rigurosa geometría que ordena la planta. La luz, sabiamente dosificada, entra rasante por rajas en las esquinas y, convenientemente filtrada por finas pantallas de mármol que hacen las veces de cerramientos, recupera el misterio que se perdió con el exceso lumínico que sobreviene con la arquitectura moderna. Su expresión material, ladrillo pintado de blanco y hormigón armado, refiere con su austeridad a aquellas pequeñas iglesias jesuíticas que jalonan nuestro interior.
Esta obra sería el puntapié inicial de una serie de edificios (algunas iglesias, pero sobre todo viviendas suburbanas) proyectados por un grupo de arquitectos de origen católico, sólidamente formados en la disciplina, que tuvieron gran influencia en nuestro país hasta fines de los 70, que constituyeron un difuso movimiento llamado “Casas Blancas” y que reunió la obra de Ascencio, R. J. Iglesia, grupo Onda o Víctor Pelli entre otros, aparte de la ya nombrados. El nombre proviene de una exposición organizada en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires en 1964 y terminó por dar entidad a una serie de edificios que se venían realizando desde hacía ya varios años. Esta arquitectura, algo arcaica, antirracionalista, muraria, de particular riqueza espacial, articulada con su entorno, se construye con muros blancos de ladrillo, cubiertas inclinadas, aberturas de madera y pisos de cerámico rojo, con texturas a flor de piel que juegan con las sombras de aleros y pérgolas.
Más tarde, Caveri sigue su propio camino y su arquitectura, casi toda concentrada en Moreno y en el Gran Buenos Aires, se realiza en formas atemporales, orgánicas, donde espirales (como forma abierta) y círculos se enlazan para dar lugar a espacios de inusual complejidad con mínimos recursos. Aquí los muros se disuelven en cubiertas cónicas que nacen desde debajo de la tierra, enrolladas sobre sí mismas. Ya no hay distinción entre elementos portantes y portados, todo se funde en un continuo de espacio y luz tamizada. Estamos ante un válido intento de fundar una arquitectura propia, conscientemente alejada de la producción de los centros de legitimación de la disciplina.

1 comentario:

Malcolm dijo...

Que en paz descanse, Maestro!